¿LOS PERROS VEN A LOS MUERTOS? (Una para pensar) Preview

CULTURE

cerec  27/10/2009

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Como todos los años, cuando la fiesta de difuntos se acerca, los tepeuxileños1 empiezan a juntar los requerimientos para esperar a sus muertos. Es común verlos caminar desde el primer sábado de octubre rumbo a Cuicatlán2, donde están las mayores tiendas de materias primas y punto de concentración de gente de un gran número de comunidades que asisten hasta ahí a hacer sus compras respectivas, entre ellos, algunos de la región Mixteca, quienes cultivan la palma y por consiguiente hace trabajos terminados de este material, muy usual en esta fiesta, que además sirve para adornar el altar y para colocar los alimentos que se preparan así como para atizarle al fogón y hasta para limpiar el comal.

Cuicatlán era el principal centro de reunión regional los sábados y domingos por su tiangüis regional, en donde se comercializaba una gran variedad de productos de las comunidades circunvecinas, las personas que asistían venían de comunidades ubicadas aproximadamente a unos 60 kms. de distancia a la redonda. Su ubicación territorial es importante además de que tiene acceso por ferrocarril, lo que permitía establecer un amplio comercio. Aquí se establecieron españoles como los hermanos Jesús y José Espinas (el primero padre de Jesús Espinas, presidente actual de la COPARMEX) y la familia de los Osante, entre otras; quienes comerciaban materias de primera necesidad. Debido a su ubicación, (la guerra de los lugares de Santos, M.) representaba el centro donde se realizaba la compraventa de productos, desde los de primera necesidad como maíz y frijol hasta los relacionados con la fiesta de los muertos. Esto mismo le posibilitó convertirse en un centro de control económico de las poblaciones ya que los comerciantes desarrollaron formas de crédito a los particulares, de manera que podían obtener una parte de los productos necesarios como préstamo a pagar poco a poco, lo que de alguna manera los amarraba al control de tales comerciantes.

Por los últimos días del mes, el número de viajeros disminuye considerablemente, ya quedan solamente aquellos que, o tienen el suficiente dinero y hacen un solo viaje para hacer las compras o aquellos que con mucho esfuerzo, ya hacia el final de la temporada pudieron conseguir algunos centavos para comprar los productos para cubrir sus necesidades. Pero también quedan aquellos que no pueden hacer gran cosa para recibir a sus muertos. La pobreza es cruel inclusive con los muertos, en algunas casas.

Conforme fueron transcurriendo los años, las personas encontraron otras formas de vivir, muchos ya no se dedicaron al campo solamente, iniciaron negocios, los medios de comunicación terrestres se fueron diversificando, la comercialización se hizo más ramificada y con tales cambios Cuicatlán perdió la hegemonía regional que tuvo desde principios del siglo XX.

El 31 de octubre, se ve a las señoras, señores, niños y ancianos hacer los arreglos tradicionales, los señores hacen velas, pan y arreglos de altares, las señoras buscan hojas de plátano y de milpa, hacen la limpieza del lugar en donde colocarán el altar, inclusive buscan maíz, preparan petates, tenates, cazuelas, ollas como parte de los preparativos para la fiesta; a los niños se les ve llegar a sus casas con manojos de zempaxúchitl y carrizos para colocar una ofrenda vistosa y nutrida que pudiera realizarse, para halagar a los muertos y a los vivos.

A las 12 del día 31 de octubre se recibe a los angelitos, el altar ya tiene que estar preparado, o por lo menos llevar un buen avance; el campanario, con su sonido y repiquetear especial empieza a anunciar la presencia de los muertos, ya se han colocado frutas, agua y otros menesteres que gustaban a sus hijos, en el altar, junto a la luz de las velas.

Por la noche se nota que la gente está despierta en la mayoría de las casas, las señoras están haciendo tamalitos de carne y frijol; en donde tienen hornos para hacer el pan, se ven hasta 15 o 20 señores que entre trago y trago de mezcal, se ayudan a preparar la masa, a medir la levadura, a limpiar las latas, el amasado, corte y horneado del pan de muerto, para gusto de los vivos.

Al amanecer del día primero de noviembre, el altar está repleto de comida: mole negro de guajolote, coloradito de puerco, tamales de carne y frijol, cargadores y tenates de pan, con su respectivo jarro de chocolate, la cajetilla de cigarros, una botella de mezcal y otros productos de la temporada.

A las doce del día primero de noviembre llegan los muertos grandes, las campanas cambian la forma del repiqueteo, el ambiente es de tranquilidad y calma, las casas tienen un aroma agradable, a flor y comida, en general se siente un airecito frío que anuncia que los muertos han llegado. Sin embargo, la algarabía de la población alrededor de los muertos no toca a todas las personas.

Según contaron nuestros más abuelos que en esa comunidad vivía el señor Benigno persona a quien no le gustaba trabajar para llevar la alimentación para su familia, la mayor parte del tiempo se le iba en jornalear y cuando en Tepeuxila escaseaba el trabajo, sé iba por varios días, semanas y hasta meses a la cañada, en donde el trabajo es más constante y el pago por jornal representa unos centavos más que en la localidad, a pesar de este ritmo de trabajo, los resultados obtenidos eran pocos y en muchas ocasiones, en su casa no tenían lo necesario para la comida

Con esta forma de vida, en las fiestas, pero especialmente durante los días de muertos en la familia había mucha tristeza, no por la llegada de estos sino por la irresponsabilidad del jefe de la familia ya que ni siquiera se preocupaba por pasar el día, aunado al desinterés o incapacidad de la pareja por obtener algún beneficio que le permita mejorar sus condiciones de vida y más aún, el señor era de un carácter, enojón, quien casi a diario se tomaba sus mezcalitos.

Por su parte, la señora Ignacia esposa del señor Benigno era de aspecto humilde y llevaban juntos 16 años, tiempo en el cual la vida fue de pobreza extrema, como ahora se dice. El matrimonio no pudo mejorar sus condiciones de vida sino por el contrario, empeoró y finalmente provocó una anemia en la señora, la cual la llevó a  la tumba. La falta de entendimiento con otras personas, el desconocimiento de otros lugares a lo que se sumaba la idea común de la gente de la comunidad que cuando alguien se casa tiene que soportar todo el bien o mal que el matrimonio representa en la pareja, dificultó a la señora emprender un cambio de vida o de proyecto. Vivieron juntos 16 años, se casaron a los 23 años el y a los 20 ella. A los dos años de casados procrearon una niña a quien la gente conoció por Lola. La niña fue creciendo en la atroz miseria familiar, por la desatención y poca responsabilidad de los padres y la ignorancia existente en Tepeuxila.

Cuando Lola llegó a los trece años, su mamá murió. El señor Benigno le tupió más al trago. La borrachera era más constante después de la muerte de su esposa. El trabajo y la búsqueda de los productos para resolver las necesidades quedaron para uno o dos días a la semana, la familia estaba más amolada tras la muerte de la señora Ignacia. A la niña se le miraba caminando por ahí entre el pueblo, buscando en la casa de sus familiares quien le ofreciera algo de comer. Mujer a su corta edad, Lola pronto fue autosuficiente para vivir con su padre, tomar las responsabilidades de la mamá difunta y aunque se le dificultó por un tiempo, asumió la relación y compromisos de familia que tenía que cumplir.

Transcurrieron los días, Lola soportó la vida con su padre, el trabajo se triplicó; pues cuando su mamá vivía, el trabajo de Lola consistía en ayudarla y ahora la responsabilidad resultaba totalmente distinta. Para no pasar hambre, empezó a trabajar desde muy niña, moliendo y lavando ropa ajena para ganarse sus tortillas, mientras que su papá se iba 3 o 4 días sin regresar a la casa, los días posteriores a la muerte de su madre fueron bastante duros, después poco a poco fue haciéndose fuerte y capaz de soportar las ausencias de su padre. Con la ayuda de sus familiares y algunos vecinos que le indicaban como hacer las cosas hasta el ofrecimiento de que fuera a vivir con ellos, pasó el tiempo, Lola aprendió  a responder por ella misma y a estar sola.

A veces, debido al mal carácter de su padre y a su permanente borrachera,  no quería que volviera a la casa, además cuando ya no tenía para su mezcal, su papá regresaba no sólo a regañarla sino a quitarle algún centavo que ella obtenía por lo trabajo que realizaba. Así casi sin darse cuenta real de su situación, llegó la fiesta de los muertos. Iba a cumplirse un año de la muerte de su madre. Su padre cada día se volvía más desobligado, viviendo únicamente de lo que Lola podía conseguir cuando volvía a la casa y el resto del tiempo se la pasaba tomando, tirado por ahí, en la calle, bajo los efectos del alcohol.

Borracho, como de costumbre, no fue, como todo mundo a hacer las compras necesarias para recibir a los muertos, por esos días ni siquiera iba a su casa. Sus responsabilidades de padre las tenía en el abandono total. Por su parte, Lola enfrenta  la dificultad y complicación de hacer una ofrenda en honor a su madre muerta. Aunque sabía hacer los tamalitos, no tenía los recursos necesarios para comprar condimentos y otras necesidades, y así con los demás preparativos.

En la mañana del 31 de octubre, Lola barrió y limpio su casita, en un rincón hizo un espacio para levantar su altar. Sobre una tarima hecha con carrizos, sobre horcones de encino, colocó las flores que le facilitaron algunos vecinos, un jarrito con agua y una vela que le regalaron, -por  que en aquel entonces no se conseguían velas en la tienda, había que comprar la cera y hacer las velas-. A pesar de la humildad de su altar, quedó bonito, por el amor, calidez y sentimiento con que lo preparó y ordenó los míseros recursos con que contaba.

Ya por la noche, cuando Lola se disponía a dormir, regresó el papá bien borracho, con gritos y regaños inentendibles, reclamaba a Lola él porque había puesto el altar; anduvo así por un rato, hasta que finalmente pudieron quedarse dormidos. A la mañana siguiente, el primero de noviembre, día de muertos; como de costumbre, Lola se levantó temprano, fue por un cántaro y unos calabazos de agua al pozo cercano a su casa, también su papá se levantó. Al regresó del pozo lavó su poco nixtamal y se puso a quebrajarlo en el metate, con la masa hizo algunas tortillas que fue a entregar a alguien con quien tenía el compromiso de tal trabajo. A su regreso, le impresionó la presencia de su padre en la casa todavía.

-Hija- dijo su padre en el mismo tono desagradable entre enojo y borrachera. Pero en ese momento una abejita estaba rondando, entrando y saliendo de la casa, como si tuviera la intensión de pararse sobre la humanidad del señor. Después de un rato de estar buscando las palabras necesarias, nuevamente se dirigió a su hija, al tiempo que experimentaba un escalofrío que le recorría todo el cuerpo.

-Hija- dijo nuevamente, añadiendo enseguida –según dice la gente, hoy es día de muertos, que hoy llegan los muertos grandes. Cuando tu mamá vivía, no se preocupó por nada, no hizo nada y tu ya le pusiste un altar, esta muy bien-, dijo entre enojado y apenado, -pero tu mamá no sabía hacer nada y lo único que tenía son la piedras del fogón- añadió señalando los tenamaxtles que había en la lumbre, -entonces, para completar la ofrenda, siguió diciendo, -es lo único que puedo ofrecerle-, y diciendo esto se acercó al fogón, tomó la piedra y la llevó al altar. Lola se sintió molesta por la ingratitud de su padre pero no podía hacer gran cosa. Cuando su papá se marchó, tomó su tenatito y se fue a caminar por el arroyo cercano al pueblo conocido como el cebollal, para copnseguir algo más para la ofrenda y que también le servía para su propia comida. No tardó mucho en regresar trayendo un manojo de flores rojas y guía de una planta enredadera, semejante a la guía del frijol que crece en los lugares húmedos como los arroyos, en donde no penetra mucha luz solar. Coció las guías y las flores en una ollita de barro que tenía en la casa. Una vez cocida la hierbita la colocó en una jicarita, calentó una tortillas que puso sobre la jícara y los arrimó al altar.

Humilde, sencillo, pero la voluntad y cariño estaban ahí; el recibimiento debido a la carencia y humillación por la que atravesaba Lola estaba en sus términos, era su medio natural pero de su lado tenía el amor, el suficiente amor para recibir a su difunta, ofrendándole con lo mejor que podía.

Transcurrió el día, el señor benigno anduvo tomando como siempre, por la tarde regresó a su casa, estaba intranquilo pero no comentaba nada ahora, a diferencia de otros días no se le notaba borracho, tomó machete y mecapal y se fue al campo, ya entrada la noche regresó cargando un tercio de leña seca, para atizar la lumbre y no sentir frío, que por estas fechas se intensifica en estos pueblos de la sierra. Ya no salió como siempre lo hacía, ordenó a Lola que calentara café y algo para cenar; así lo hicieron y más tarde se dispusieron a dormir.

Amaneció el 2 de noviembre, día de reposo de los muertos y los vivos en Tepeuxila. Todo mundo se encuentra en sus casas, acompañando a los difuntos. A diferencia de otra comunidades, en Tepeuxila los muertos se regresan a su mundo hasta el día 3 de noviembre. Las actividades de Lola y su padre se desarrollaron igual que otros días, en su casa, moliendo y lavando mientras el señor Benigno se paseaba en los tendajones en donde no faltaba quien le invitara un trago de aguardiente por esos días, en honor de los muertos.

Siempre negándose a aceptar el regreso de los muertos y renegando de la vida se propuso saber si realmente volvían, para esto andaba preocupado sobre cómo hacer para comprobarlo. Recurriendo a la conseja popular que dice que los perros ven a los muertos, pensó que utilizando las lagañas de tales animales, era posible constatar lo que le preocupaba.

Cómo a las 11 de la mañana la banda de música inició su actividad preparatoria, amenizando con ruido y anunciando la proximidad del regreso. Después de un buen rato de música común, realizaron un rosario, después de lo cual emprendieron el camino hacia el panteón, acompañando a los muertos con las marchas fúnebres.

El señor Benigno se les adelantó, fue a sentarse en el lugar conocido como Tierra Colorada, punto de despedida entre vivos y muertos, cuando alguien emprende el camino final. Se colocó en un punto intermedio entre el camino y la lomita, de tal manera que pudiera distinguir a quienes pasaban por el camino sin ser visto. Cuando notó que la música se acercaba, indicando con su presencia el regreso de los muertos, se colocó las lagañas de perro en los ojos. A los pocos minutos vio el inicio de una procesión que pasaba hacia el panteón, encabezada por los músicos, después de quienes venían los muertos.

Pasaban en hilerita, de uno en uno, eran muchos, inclusive algunos que no reconoció por la antigüedad de su fallecimiento, cada uno llevaba consigo las ofrendas que les habían ofrecido.

A quienes les habían preparado pan, lo llevaban cargando en cargadores y tenates, los preparados de mole de guajolote o coloradito de puerco, llevaban a los animales respectivos por delante. Como en la otra vida, en día de muertos los humanos vuelven, así también los animales, de tal manera que dependiendo de la comida que les habían preparado, llevaban sus pollos, guajolotes y puercos arreando. Pasaban más y más. Algunos inclusive iban jadeando ante el peso de las ofrendas que iban cargando.

Rezagada y separada de la multitud, dificultosamente una mujer. Con su mismo semblante, su misma tristeza, con el mismo sufrimiento que tuvo en vida, llevaba puesta sus mismas ropitas sencillas, en una palabra, tal cual vivió en estas tierras. Apoyado en la cintura, llevaba bajo el brazo uno de los tenamaxtles que el señor Benigno le había ofrecido y en la otra mano, la jicarita con flores de frijol silvestre y una cuantas memelitas que su hija le había colocado en el altar. Iba jadeando bajo el peso de la piedra, tenía la frente perlada de sudor, si es que los muertos sudan, asimismo, denotaba el sufrimiento , el mismo sufrimiento que no la dejaba después de muerta.

La impresión causada por la visión de los muertos, el sufrimiento y dolor de su esposa muerta, provocaron tal desesperación y pesar en el señor Benigno, una profunda preocupación por la vida que le dio a su esposa y con el arrepentimiento de no haberse esforzado en trabajar lo necesario para procurar algún bienestar para su familia, en medio de la angustia y desesperación, murió tres días después de haberse ido los muertos.

Fin.


1 Miembro u originario de la comunidad indígena Tepeuxila, situado en la región cuicateca, al norte del estado de Oaxaca.

2 Principal centro regional de La Cañada en Oaxaca, punto de reunión de personas de comunidades de un radio de 60 Km, a la redonda, en la actualidad se ha convertido en un centro administrativo únicamente.

 
 
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Cuicatlán ( Mexico )

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El CEREC, Centro de Estudios de la Región Cuicateca, es un espacio de investigación y reflexión sobre la cultura y los derechos de la nación cuicateca, formada por el pueblo cuicateco uno de los pueblos originarios que dieron vida a la República mexicana

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